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  • sarahermarq

Capítulo 1: 11-12 Mayo. Jo 55 Crescent St. Astoria. Queens.

Actualizado: 20 de oct de 2019

Después de leer esta introducción, probablemente estés pensando que es la idea más descabellada imprudente e insegura que has escuchado en mucho tiempo. Si, encuentro totalmente legítimo que pienses que me falta un tornillo. ¿Quién, en su sano juicio, viviría con 14 extraños en una de las ciudades más diversas del plantea? En Nueva York te puedes encontrar de todo, tanto para lo bueno como para lo malo. Pero no tan rápido. Si bien es cierto que me gustan las emociones fuertes, también tengo uso de razón y jamás me enfrentaría a una aventura de este calibre sin tener, al menos, un mínimo bajo control. Por eso, aunque a primera vista todo esto parezca la ocurrencia de una adolescente inexperta en la vida, la realidad es que detrás hubo una organización muy minuciosa. No solo analicé al detalle cada uno de los perfiles que me ofreció su casa, sino que llegué a contactar a las personas que se habían quedado con ellos previamente para asegurarme de que no me acogía ningún descerebrado.


A la hora de preparar todo esto, lo primero que hice fue publicar un mensaje en la sección de “anfitriones en Nueva York”. Parafraseando dije algo así: “Voy a estar en esta ciudad 4 meses y me encantaría vivir cada semana en un sofá distinto. Escoge la que te venga mejor y me dices”. Si que es cierto que lo decoré un poco más; tenía que parecer una chica simpática. Lo que ocurrió es que, de un día para otro, mi bandeja de entrada se llenó de propuestas de personas, cuanto menos, confiables. Apliqué unos cuantos filtros (edad, localización, última conexión, número de referencias…) y me quedé con solo unos pocos candidatos. Después de hablar con ellos y con las personas que habían acogido anteriormente, solo me acabaron convenciendo cinco, con lo que cerré cinco semanas de mi verano. Sin embargo, todavía me faltaban nueve semanas más por encasquetar y si seguía con este sistema de búsqueda iba a acabar durmiendo en un banco de Central Park. Por lo tanto, decidí escribir yo directamente a la gente. Preparé un mensaje mucho más detallado y empecé a copiarlo y pegarlo a todas aquellas personas que me parecían interesantes. No obstante, por más amable que fuera la gente no me contestaba. Algo estaba haciendo mal y no entendía el qué hasta que caí en un detalle que me dejó anonadada. Leyendo uno de los perfiles a los que apliqué de repente descubrí un texto que decía: “Si vas a enviarme solicitud, escribe este código 282637, así sabré que te has molestado en leer quién soy y no solo has copiado y pegado el mensaje de turno”. Increíble, ¿verdad? ¡La gente camuflaba señales en su perfil para comprobar si el interesado se leía todas sus condiciones! Me entró la curiosidad por ver si el resto de las personas a las que envié la solicitud también estaban siguiendo esta estrategia y, efectivamente, así fue. Algunos escondían códigos, como éste primero, pero otros eran mucho más originales y te pedían que iniciaras la conversación indicando tu color favorito, o bien escribiendo el nombre de la persona al revés. Esto me enseñó una importante lección que, si en algún momento te planteas hacer Couchsurfing, valorarás mucho saber: leer detenidamente el perfil de los posibles anfitriones no solo es útil por cuestiones de seguridad, sino también por pura convivencia. La gente suele publicar ahí condiciones o información que es vital tenerla en cuenta a la hora de decidir con quien te quedas. No te imaginas cuántos escriben indicaciones del estilo: “Suelo ir desnudo por casa y espero lo mismo de la gente que se queda. Si no te parece bien, mejor no envíes solicitud” u otras como: “tengo una pitón en una jaula en el salón. Si te dan miedo las serpientes, mejor no te quedes aquí J”. Ahora sabes a lo que me refiero, ¿no? Si quieres evitar que un nudista te abra la puerta o que duermas con una pitón mirándote, dedica un par de horas en investigar bien las condiciones del sitio en el estás valorando quedarte. Otro detalle a tener en cuenta es que yo les pedía que me acogieran una semana, pero algunos me decían que solo podían un par de días. Eso rompía todos mis esquemas mentales porque, ¿Cómo iría a moverme de un sitio a otro para instalarme solo dos días? Si de por sí la logística ya era complicada, no podía hacerla aún más quedándome tan poco tiempo en cada casa, ¡qué jaleo! No obstante, no tenía mucho tiempo para andar con exigencias así que me acabé adaptando a lo que me ofrecían. Por eso verás que en algunos sitios me quedé muy poco tiempo, pero en otros, como excepción, ¡unos veinte días!


Una vez ya tenía ya tenía todo mi verano repartido, lo segundo que hice fue imprimir un calendario. Tenía que concentrar todo el tour de casas en un soporte pequeño y portable y la idea de usar Google Calendar me encajaba poco con este viaje. No por nada en concreto sino porque me conozco y se me suele acabar la batería en los momentos menos indicados. Si, es cierto, probablemente me haya pasado un 30% de mi vida buscando enchufes en los lugares más raros. Muy precavida para unas cosas, muy poco para otras. La idea era llevar conmigo toda la información condensada en esa hoja de papel y por ello, tenía que economizar mucho el lenguaje para que todo me cupiera, así que decidí crear una nomenclatura especifica. Cada casa tenía algo así: “M20’ – K22:00AAA”. Espera, no te asustes, te cuento que significaba cada dígito: En primer lugar, M20’ hacía referencia a lo que tardaba desde ese lugar hasta el trabajo. En este caso, tardaba cogiendo el metro, veinte minutos. Mis primeras casas tenían una ubicación inmejorable porque todas eran algo así, “A10”, es decir, tardaba andando 10 minutos. ¡Todavía recuerdo lo emocionante que era surcar las famosas avenidas de Manhattan por la mañana para ir trabajar! Todo el mundo con su maletín en la mano derecha y frapuccino en la izquierda. Volviendo a la nomenclatura, la “K” era de “keys”, llaves, en inglés. Sí, sí, eso también era importante dejarlo claro en el papel, porque había anfitriones que no tenían un duplicado de llaves y eso daba lugar, en muchas ocasiones, a una verdadera pesadilla. El número de al lado era la hora a la que hora solía volver la persona a casa después de trabajar. Por ejemplo, en este caso, que es K22:00, vivía como una reina porque a parte de tener llaves, tenía prácticamente todo el día la casa para mi sola, ya que yo terminaba mis prácticas a las 15:00. No obstante, en la mayoría de las ocasiones, no tenía tanta suerte y no me daban llaves y básicamente tenía que hacer tiempo durante unas 7 bonitas horas. Te estarás preguntando: “¿y qué puñetas hacías tanto tiempo?” Pues de todo un poco: amortizar el asiento de muchas cafeterías, sentarme en un banco de Union Square a ver a los ganster bailar brakedance, tomarme algún que otro helado, leer tranquilamente en Bryant Park… entretenimientos de los más variados. Para finalizar, esas triples A ¿qué podrían significar? Bueno, si controlas de finanzas ya te puedes imaginar, sino te lo explico brevemente. En el mundo financiero hay principalmente 3 organizaciones especializadas en evaluar el riesgo de crédito tanto del sector público como de compañías privadas. Con sus calificaciones (desde “AAA”, que estaría muy bien a “C”, que sería que estás podrido por dentro) dan una referencia al mercado sobre la probabilidad de que estas empresas no cumplan con sus obligaciones financieras. A mayor calificación, menor riesgo, pero menor rentabilidad. Si consideran que es complicado que una empresa devuelva un dinero prestado, le van decir al mercado: “Eeeey colegas cuidado que aquí hay una alta posibilidad de impago,” y le pondrán una etiquetita “B” por ejemplo. Si al final tú, que eres la entidad “Lector S.A.”, quieres invertir en esa empresa con calificación “B”, sabrás que puedes exigirle una mayor rentabilidad por que asumes el riesgo de que probablemente te salga mal la jugada. Si te sale bien, olé tu, si no, para la próxima vez aprendes. No te quiero aburrir con todo este sermón financiero, pero es importante entenderlo porque es totalmente aplicable a mi experiencia Couchsurfing. Si estaba muy segura de que la persona que me iba a acoger era normal y corriente, le daba una AA o algo así, pero si yo misma era consciente del peligro que asumía al ir a una casa en medio de Harlem con la posibilidad de encontrar a un espécimen rarito le ponía una CCC. Y tenía mucho sentido, porque si salía de esa casa “CCC" sana y salva, me llevaba una aventura increíble para mi recuerdo (riesgo alto, pero al final máximo rendimiento obtenido). Un último apunte para los más fans de las finanzas: También tuve el placer de estar con auténticos bonos basura; al principio muy atractivo, todos aparentemente triples A, pero luego explotaban y me echaban de casa. Les daría no una C sino ZZZ. Ya hablaré más adelante de esto. Lo siento, te quedas con una intriga muy apetitosa.


Después de explicarte cómo conseguí las 17 casas y cómo concentré todo mi verano en un papel a través de una sofisticada nomenclatura, creo que ya estás listo para que cuente mi primera experiencia en Couchsurfing. Tres, dos uno… te presentó la historia de “Jo”. Todo comenzó un 10 de mayo. Ese día cogí el vuelo de Chicago a Nueva York. Mi intercambio había finalizado y comenzaba una nueva etapa. Lo lógico hubiera sido pasar antes por España para saludar a la familia, pero el cónsul insistió en que nos quería a todos los becarios en la semana de integración así que no tuve más remedio que asumir las ordenes. Al poco tiempo de acabar las clases me encontraba en el aeropuerto con destino a la costa este.


Digamos que las cosas no empezaron bien del todo. Solo decirte que, en mi primera casa, en la que en un principio tenía planeado estar 3 noches, me quedé solo una. Pero no nos apresuremos. Empecemos desde el principio. La persona con la que acordé pasar mis primeros días en la ciudad se llamaba “Jo”. Él era uno de esos primeros anfitriones que me propuso quedarme con él. A primera vista parecía un tipo muy normal. Tenía 5 estrellas, llevaba en la página web 10 años y tenía un amplio repertorio de referencias positivas. Lo único que me llamó la atención es que indicaba que era musulmán y que tendríamos que respetar sus días de ramadán. No le di mucha importancia, pensé – ojalá, Sara, estos sean tus peores problemas. El vivía en el distrito de Queens, concretamente en la zona de Astoria. Cuando aterricé en Nueva York sobre las 21h y me dispuse a ir a la dirección que me indicó, lo primero que me encontré fue un edificio imponente, lujoso, algo totalmente inesperado. Me acerqué al conserje y le indiqué la casa a la que iba. La primera sorpresa llegó cuando me dijo que ahí no vivía nadie con el nombre que yo había dado. En un principio no me alarmé mucho ya que, viendo lo surrealista que era todo, imaginé que me había equivocado de edificio. Salí a comprobar de nuevo el número y me di cuenta de que no había error alguno. Algo no encajaba. Llamé a “Jo” y no me lo cogía. De repente me encontré paralizada, con dos maletones enormes a cuestas, a las diez de la noche y en una ciudad desconocida que se estaba empapando de lluvia. ¡Bienvenida a Nueva York! – me decía mi conciencia, burlándose de mi. A los quince minutos recibí una llamada suya. Me comentó que tenía varias casas en la ciudad y que le había parecido mejor idea que me quedara en una que le estaba alquilando a un amigo suyo. Yo pensé: “Pues supongo que gracias, pero… ¿por qué me molesto en analizar tu perfil 30 días antes si luego me vas a poner a vivir con un hombre cuyo nombre ni si quiera conozco?


Al final, como ya era muy tarde y el temporal no acompañaba, decidí coger el ascensor y subir al piso del famoso Jo. Antes de nada, un dato muy importante: Todo esto que resumo en unos segundos, fue, en realidad, el resultado de una hora. Una hora en la que tuve que esperar sentada en el vestíbulo siento testigo de cómo Jo y su inquilino se peleaban al teléfono por la incomoda situación que yo había provocado. Éste tenía que llamar al conserje para dar la orden de que me dejara subir, pero, como es lógico, se negaba a hacerlo. Después de un rato largo, parece ser que entró en razón y cogí mis maletas para subir a la casa. La vergüenza que sentía en ese ascensor era inexplicable. Prepárate para entrar a un sitio en el que no eres bien recibida, Sara – me decía a mí misma.


Me abrió la puerta un hombre de unos treinta y pico años, de tez oscura y muy peludo. Era turco, por lo visto. Él era consciente del tiempo que había pasado abajo y me pidió perdón, pero también me hizo entender su situación: realmente esta persona sólo le estaba pagando el alquiler de una habitación a Jo y estaba viviendo la situación en la que una chica que no conocía de nada (A.k.a: yo) iba a vivir en esos metros cuadrados con él tres días más. Yo estaba en shock, pero él, que seguramente no tenía ni idea de que era Couchsurfing, sí que estaba alucinando.


Antes de dejar las maletas me pidió que dejara los zapatos en la entrada y mientras me los desabrochaba vi que todo estaba lleno de tacones hortera. Algunos exageradamente altos, otros con purpurina, otros rosas… “En fin” – pensé, sin darme cuenta he acabado en un prostíbulo”. Gracias a Dios eso sólo se quedó en mi imaginación. Lo de los zapatos en general era raro, pero lo pasé por alto. La casa era grande e igual vivían muchas mujeres con muy mal gusto. Me dijo que dejara las maletas en su habitación o en salón, donde yo quisiera. Parecía un comentario normal y corriente, pero yo y mi mente desconfiada, pensamos que igual tendría algún mensaje implícito. Inmediatamente dije: “en el salón está bien”, para hacerle ver que prefería dormir ahí que en su habitación. Sin embargo, al hacer el tour por la casa, me di cuenta de que era una casa muy nueva, con apenas muebles y que el supuesto salón en el que yo había decidido dejar las maletas para dormir en él no tenía un solo sofá. Mi madre definiría esta situación con la expresión: mi gozo en un pozo. Literal, me tocaba dormir con él. Por aquel entonces eran las ya las once y media y me moría de hambre, pero tampoco era el momento más idóneo para proponerle a esta persona irnos a comer unos ricos noodles. Había cogido uno de esos vuelos en horas complicadas en los que o pides comida en el avión y te arruinas o te esperas a aterrizar para devorar cualquier trozo de comida. En mi caso, con las emociones, no había pasado ninguna de estas opciones y las tripas me rugían hasta un punto que me ponía las manos encima como si pudiera ser capaz de camuflar así el sonido. Me trajo un vaso de agua y me habló un poco de él. Llevaba varios años trabajando en Snapchat y según él, estaba muy contento pero su work life balance, no era el mejor. En general era una persona de pocas palabras, de esas que prefieres evitar en tu primera experiencia en Couchsurfing. Yo a la gente así la suelo llamar “seta”. No por que no le guste hablar, porque bien es sabido que es más sabio escuchar que hablar por los codos, sino por esa indiferencia por conocer temas ajenos a los suyos. Una seta te la puedes encontrar en los lugares más remotos del bosque, sola, tranquila, sin necesidad de interactuar con el resto de plantas. Le da todo un poco igual. Por esto mismo, mientras él me hablaba de su trabajo, no le conté lo que tenía pensado hacer el resto del verano. Sabía que no le iba a interesar suficiente. Cambié de tema y le pregunté que quién vivía en la casa – seguía pensando en esos tacones de drag queen y no me lo podía quitar la cabeza. Noté como esa pregunta le incomodaba. Quería evitarla con contestaciones del estilo: “bueno yo llegué hace poco, no conozco muy bien al resto”. Para mi sonaban como excusas así me tiré a la piscina y dije: “bueno, es que en esta casa tan lujosa y con todos esos taconazos en la entrada, cualquiera diría que aquí viven las modelos de Victoria Secret”. Se quitó la máscara y me explicó que Jo tenía varios negocios y que uno de ellos consistía básicamente en viajar a Rusia para reclutar chicas guapas y traérselas a Nueva York, para que éstas trabajasen cómo azafatas de imagen. Me dijo que muchas veces venían personas nuevas a esa casa y que él tampoco entendía muy bien cómo funcionaba todo, pero me subrayó que las chicas siempre estaban muy contentas y que no me tenía que preocupar por nada. “Oh, gracias, que alivio, me siento mucho mejor. Vamos a hacernos un té verde y a ver Heidi” – pensé. Le dije que tenía que ir al baño y al instante rompí a llorar. Esa historia era la guinda del pastel que me faltaba escuchar. Cuando cogí el móvil mis padres y me habían preguntado que qué tal iba todo. Escribí: ¡bien, mañana os cuento!” A veces estas mentirijillas son necesarias. ¿Qué sentido tendría llamarles desde el otro lado del continente para preocuparles? Siempre fui una persona resolutiva, así que como diría el vox populi: yo me lo guiso, yo me lo como. Al que sí que le conté lo ocurrido fue a Spencer, mi novio por aquel momento. No estaba nada segura de hacerlo porque él era el primero que estaba en contra de esta página web, pero necesitaba hablar con alguien. Mi primera noche en la gran manzana, le iba a llamar llorando, qué irónico todo.


Salí del baño y él ya estaba durmiendo. Me tumbé sigilosamente en el otro lado de la cama y me dormí. A la mañana siguiente él ya no estaba. Solo sabía que tenía un hambre incontrolable y tenía que idear un plan, cuanto antes, para escapar de esas paredes llenas de secretos. Tres días iban a ser un suplicio.

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