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  • sarahermarq

Capítulo 3: 1 - 7 Junio - George – 43rd con 2nd Ave, Manhattan.

A los pocos días ya estaba de vuelta en otro avión camino a Nueva York. Tenía que hacer una escala en Marruecos de dieciséis horas y de ahí directa a JFK. Muchas horas lo se, pero es algo que escogí intencionadamente. A la hora de viajar suelo escoger escalas largas para que me tiempo a visitar ciudades entre medias. He llegado a conocer sitios increíbles como Colonia, Budapest o Paris simplemente aprovechando estos tiempos muertos en el aeropuerto. Luego he vuelto si, pero la primera vez que pisé esas ciudades fue en escalas de quince horas de media. Por eso, cuando compro un vuelo tengo en cuenta los siguientes factores: Primero, la accesibilidad del aeropuerto, donde haría la escala, al centro de la ciudad. Por ejemplo, si hablamos de Lisboa, que su aeropuerto está a 15 minutos en metro de las zonas principales, este sistema es magnífico. Sin embargo, si viajas a Bruselas, que para ver la conocida Gran Place tienes que coger un shuttle bus que tarda unos cuarenta minutos y te cuesta cerca de treinta euros, ahí ya tienes que pensártelo un poco más. ¡Como tu veas! El siguiente factor que tengo en cuenta son las horas a las que viajaría. Por ejemplo, si aterrizas por la tarde y la escala te coincide con la noche, apaga y vámonos; no merece la pena. Finalmente, valoro si la aerolínea me hace recoger el equipaje durante la escala o no. En la mayoría de las ocasiones no es necesario, pero en caso de que sí, y quisiera acercarme al centro, lo que hago es dejar el equipaje en un depósito de alquiler unas horas. ¿Ves? Hay soluciones para todo. En fin, aquí tienes la formula mágica que he estado usando en muchas de mis escapadas. Si quieres viajar bueno bonito y barato, la puedes usar.


Todo esto lo cuento porque cuando hice la escala en Marruecos, no me dio tiempo, entre maleta arriba maleta abajo, a valorar bien estos tres factores y al final, me quedé dieciséis horas encerrada en el aeropuerto de Casablanca. Un tiempo estupendo en que visité ocho veces la sección de duty free – o el intento de ello, me bebí cuatro cafés, me aventuré numerosas veces a conseguir el wifi del aeropuerto, dediqué un par de horas en crear la almohada más aerodinámica de este mundo y bueno, un etcétera muy largo de propósitos y despropósitos.

Cuando por fin me subí al avión, viví una experiencia también muy digna de contar. Todo comenzó cuando, después de comprobar mi asiento, me di cuenta de que mi fila estaba vacía. Oh, cielos, ¿será que voy a poder viajar siete horas sin vecinos? – pensé. La noche anterior apenas había conseguido pegar ojo y empezaba a sentir principios de artrosis en todas mis articulaciones. El avión estaba prácticamente lleno y todo apuntaba a que, efectivamente, estaba en mi día de suerte. Con la emoción disparada por las nubes, comencé a desperdigar todos mis bártulos por asientos de al lado. Ya tenía mi campamento instalado cuando de repente entraron dos pasajeros extraviados que, tenía toda la pinta, de que se acercaban a mi fila. Vaya, demasiado bonito para que fuera verdad – me consolé. Aparté mis pertenencias y se sentaron. Era un hombre de unos 50 años y una joven de mi edad más o menos. La primera sensación que tuve al verlos fue muy confusa. Iban demasiado ligeros, desprendían un olor inusual – por no decir, a mofeta, y sólo llevaban consigo un paquete negro atado con cuerdas. Me atrevería a decir que era un amago de bolso hecho a través de bolsas de basura. Además, para más inri, la chica sacó de su bolsillo el billete del vuelo arrugadísimo, como si un cromo de Pokemon se tratara. Yo no entendía nada. Tenía el cerebro bastante atrofiado como para preocuparme demasiado así que me puse los cascos y comencé a ver una película. Escogí una de Mr Bean. Reconozco que mi sentido del humor es un poco pésimo, pero no hay persona en el planeta que me haga más gracia que este personaje. Mientras la veía, alguna que otra risa se me escapó, llamando así la atención del hombre de al lado. Éste, intrigado, se sumó a verla disimuladamente y después de que el patoso Mr Bean la volviera a liar y ya fueran incontrolables las risas, nos presentamos. Él se llamaba David y la chica de la derecha era su hija. Por lo visto, él era pastor de una iglesia en el estado de Pensilvania y, para mi sorpresa, venían de estar ayudando en un poblado de Liberia. En ese caso si que tenía más sentido el mal olor y la ropa sucia. Primera lección que me enseñó este viaje: Prejuicios fuera. Me dijeron que salieron de EE. UU. con ocho maletas cargadas de libros y medicinas para repartir y que fue tal la necesidad, que dieron prácticamente incluso todo lo que llevaban puesto. Cómo nos equivocamos a veces encasillando a las personas, ¿verdad? Lo que más me sorprendió fue ese paquete negro de cuerdas. ¿Sabes qué resultó ser? Millones y millones de cartas escritas por los niños de Liberia para que la familia las leyera en la Iglesia. Me sentí increíblemente agradecida cuando David me concedió el placer de abrir el paquete por primera vez para leer alguna de las cartas durante el vuelo. Desde hace tiempo apadrino a un niño de Uganda con la organización Compassion. Ian Mujere, se llama. Todas esas cartas me recordaron muchísimo a los dibujos mensuales de Ian. Fue un vuelo de lo más especial. Cuando llegamos, me propusieron viajar con ellos a África de nuevo otro verano. Sin duda, me lo apunté en mi lista de aventuras pendientes.


Antes de que pasemos a la historia de George, he de resaltar un último apunte. Hace tiempo, leí “El mundo amarillo” de Albert Espinosa. Un libro bastante ameno con el que aprendí un concepto muy interesante que, a lo largo de mi experiencia en Nueva York adquirió mucho protagonismo. Este concepto era el de “las personas amarillas”. Espinosa entendía que en la vida podíamos encontrarnos con la familia, los amigos, la pareja, los amantes, pero que, en general, faltaba un término para definir a todas aquellas personas con las que, eventualmente, acabábamos compartiendo mucho pero que no necesariamente eran amigos, familiares o parejas. El decidió denominarlas: “amarillas”. El típico ejemplo de persona amarilla sería aquella con la que coincides en un viaje de tren e intercambias información de todo tipo y que, llegada la parada oportuna, cada una de las partes sigue su rumbo. O, por ejemplo, otra muy evidente sería el conserje de tu casa, al que llevas saludando toda la vida y que, a pesar de que te haya visto crecer, no es ningún amigo, familiar o amante. Mi primera persona amarilla fue mi profesor de autoescuela, Saturnino, alias “Satur”. Compartimos horas y horas hablando de la vida. Con razón me salió el carné de conducir por un ojo de la cara; me centraba más en la tertulia que en las señales de tráfico. Lo cierto es que teníamos conversaciones de lo más interesantes. Albert Espinoza en su libro explica que todos en la vida nos cruzamos con un número determinado de personas amarillas y que hay que identificarlas. Según él, hay 23. No se porque exactamente escogió ese número – le apetecería, pero yo empecé a contarlas y David, la persona con la que compartí el vuelo Marruecos – Nueva York, entró en esa lista. Durante el resto del verano alguno que otro también por eso la necesidad de explicarte previamente qué era este extraño concepto de gente amarilla.


¡La casa de George la cogía con ganas! Él vivía muy cerca de Alfred así que llegué a su dirección muy fácilmente. Este nuevo anfitrión revolucionó todas mis expectativas, nunca me había reído tanto – excepto con Mr Bean. Sinceramente, no sé por donde empezar con él, tenía muchas particularidades. Su casa era más recatada que la de Alfred. Todo estaba concentrado en unos pocos metros cuadrados. A veces no estaba segura de si era desorden o puro arte por organizar todo en un espacio muy reducido. No obstante, aquí tenía un sofá solo para mí, lo cual era una grata sorpresa.


Era una persona de estatura media con tez blanca, ojos muy oscuros y poco pelo. Al principio pensé que era muy tímido, pero con el paso de los días se fue abriendo mucho más. Si hay algo que le caracterizaba sin duda, era un sonido que siempre solía hacer. Algo así como “tiririritiriri”. Después de escucharlo varias veces comencé a pensar que era una de esas estrategias para matar silencios incómodos. Sin embargo, me di cuenta de que realmente lo hacía sin darse cuenta. A veces pensaba que me decía algo, me acercaba a preguntarle y le decía - “¿Perdona? y el contestaba: “Oh, no dije nada” y seguía con su “tiririritiri”. El primer día que me desperté en esa casa, tuvo un detalle muy bonito. Antes de irse a trabajar, dejó preparado un plato entero de tortitas. Me emocioné mucho y le escribí agradeciéndoselo. Fue tal el entusiasmo que mostré que al día siguiente lo volvió a hacer. Y al siguiente y al siguiente. No sabía cómo salir de esa. Estaba metida en un lio porque en general nunca había sido gran fan de ese tipo de masas de harina con sirope y ocurría que, cada vez que me despertaba, me encontraba una montaña de ellas. Yo alucinaba. Antes de mirar el móvil o lavarme la cara, veía el plato. Aunque me lo acababa comiendo con desganada, me lo tomaba como una broma. Jamás hubiera pensado en Chicago que iría a lidiar con este tipo de situaciones.


Como decía, George era un tipo muy peculiar y otro aspecto que me llamó mucho la atención de él era la forma en la que escribía. Tenía una manía incontrolable de utilizar constantemente puntos suspensivos. ¡Le encantaban! Yo le explicaba que, al menos para un Español, el hecho de leer “…” conlleva cambiar el tono de voz muy drásticamente. Imagínate… como sería… leerme así… e imagínate… a mí… explicándole… que todo lo que escribe… suena así…En fin, un show.


La vida de George había dado muchas vueltas. Un día fuimos a tomar una copa y después de estar un rato hablando sobre temas aleatorios, me reveló que . . .


Ops, para descubrir qué fue lo que me dijo George tendrás que comprar el libro :-)

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