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  • sarahermarq

Capítulo 4: 7 – 9 Junio - Judas - 34 Delancey Street, East Village, Manhattan.

Tal y como decía, esta vez la mudanza tocaba a East Village, uno de esos barrios repleto de jóvenes universitarios. Judas – que más adelante te contaré porque le puse este nombre tan característico, me cayó muy bien desde el primer momento. Todo apuntaba a que estaba ante ese tipo de personas que allá donde vayan, alegran el ambiente. Era muy divertido. Hablando con él por Couchsurfing me propuso que le escribiera por Facebook para asegurarse de quién era la persona a la que iba a acoger. Lo hice y le escribí: “Aquí estoy, ya puedes comprobar que soy real”. Y él, respondiendo con tono cómico dijo: “Me parece bien. Ahora ya sé que no eres un ruso gordo que quiere hacer travesuras”. Me hizo gracia, era la respuesta más original que había leído de un anfitrión hasta entonces.


Cuando llegué a la casa me recibió un grupo de unos cinco chicos y una chica. Una mezcla de todo; un asiático, un berlinés, un chico del Bronx… Todos estudiantes de la universidad de Nueva York (NYU). En vez de un hogar, parecía un museo. Recuerdo ver un longboard y una guitarra colgados de la pared, un trozo de cartón con pintura de spray que perfectamente podría pasarse por una obra de Basquiat y pegatinas de cervezas de diferentes Estados esparcidas por toda la habitación aleatoriamente. También vi unos cojines de color desteñido muy chulos y la típica manta de lana que alguien habría traído de casa de su abuela. Asimismo, tenían un enorme póster de John Lennon que cubría una gran parte del techo y una serie de dibujos de carboncillo probablemente hechos en la madrugada bajo una luz raquítica. Me imagino al dibujante, más reservado que el resto de sus amigos, buscando tímidamente un hueco libre en la pared para pegarlos. Sin duda que se trataba de una de esas casas que nace con la aportación de cada uno.


A diferencia de las dos casas anteriores en las que había estado, aquí no hubo tour de bienvenida. Simplemente llegué, me presentó a sus amigos y a los pocos minutos ya me estaba ofreciendo una cerveza. Ni siquiera me dio tiempo a dejar mi maleta en su lugar correspondiente. Al final deduje que mi cuarto era justo ese mismo lugar en el que todos estaban y que mi cama sería el sofá viejo color mostaza en el que varios de ellos se estaban liando un porro. Pensé: “¡Vaya, esperemos que no me despierte mañana con trozos de marihuana en el pelo!”. A pesar de esto, estaba muy cómoda. Me sentía bien con gente de mi edad y no con anfitriones de diez años más que yo. El único inconveniente que veía era que estábamos en miércoles y que en 5 horas tenía que estar entrando por la puerta del Consulado, literalmente a la otra punta de Manhattan.


Al cabo de un rato, la gente se fue a dormir y para mi sorpresa, Judas me ofreció . . . Vaya, otra vez te quedas a medias. Compra el libro, pues. :-)


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