Buscar
  • sarahermarq

Mis viernes de residencia

Actualizado: 28 de jun de 2019

Ayer, como todos los viernes, pasé un par de horas en la residencia de ancianos. Llevo ya un mes haciéndolo y es tal lo que se vive, que me sentiría egoísta si no lo comparto ya. No tengo tiempo realmente para escribir esto, porque estoy en pleno periodo de exámenes, pero las manos me arden si no lo hago. Además, siento que, con el tiempo, la memoria me jugaría una mala pasada, así que mejor dejarlo todo por escrito.


Como empiezo… nunca tuve abuelos. Nací y ellos ya no vivían, así que, de forma oficial, esa figura en mi vida nunca ha existido. Siempre se dice que se quiere lo que no se tiene, ¿no? Por eso, empecé a desarrollar una sensibilidad hacía los mayores. Cada vez que tenía la oportunidad pasaba tiempo con ellos. Recuerdo que cuando trabajé en Herbalife durante el primer año de carrera, un tercio de mis clientes tenían más de 70 años y permíteme que te diga, pero eran con los que mejor me lo pasaba. Mientras el resto me hablaba de fases de divorcio, de hijos rebeldes en pleno estado de pubertad o problemas intestinales, entre muchos otros, ellos preferían hablar de sus hobbies, de las hazañas conseguidas en sus tiempos mozos, del primer baile con su pareja y un etcétera muy largo.


Con el paso el tiempo también me di cuenta de que es el sector de la sociedad más conformista. Aunque mucha gente lo niegue y piense que todos son una panda de cascarrabias, he comprobado que es mentira. Simplemente piensa cuánto esfuerzo y detalle conlleva agradar a un amigo o, por ejemplo, a la pareja. Me vienen a la cabeza todas esas veces que me han pedido recomendación sobre donde llevar al novio / novia de turno. “Ay no, ahí ya hemos ido”, “Uy, eso seguro que no le convence mucho”, “mmm prefiero algo más, eso se quedará corto”. O sin ir más lejos, los eventos de gente de erasmus, que a veces organizo con mis amigos de la universidad, en lo que, aunque todo está perfectamente medido, siempre viene gente a quejarse de que la coca cola no llevaba la rodaja de limón, por ejemplo. En cambio, por tópico que suene, una simple conversación o un gesto tiene el potencial de arreglar completamente el día a una persona mayor.


Bueno, habiendo hecho esta “breve” introducción, procedo a explicar por qué he sustituido una cerveza de viernes a las 7 de la tarde por un voluntariado en una residencia.


Isabel

En primer lugar, hablaré de Isabel, que es la abuela que me asignaron con el programa. La primera sensación al conocerla fue un shock enorme. Me pareció tremendamente inteligente, ¡vaya don de la palabra! – pensé. Luego me contó que había sido profesora de Filosofía y latín y todo comenzó a tener más sentido. Por lo visto, Isabel, era conocida en la residencia por ser de las mayores más prudentes y sabías. Aunque en un principio parecía toda una aventura estar aprendiendo de una especie de ex – miembro de la Real Academia Española, luego me di cuenta de que no era tan divertido porque las personas con este perfil suelen ser muy reservadas e independientes y con poco gusto por las tertulias.


Además, la vida de estas personas suele ser todo un misterio, porque a no ser que ellos, de forma proactiva, comiencen a hablarte de sus hijos, nietos y hermanos, nunca vas a preguntarles tú, a saber, por qué están ahí. Por ello con Isa, ha sido todo así desde que la conocí, una mar de dudas y preguntas sin responder. Siempre se está dando paseos por los pasillos, nunca la vas a ver quieta. Sin embargo, la semana pasada se rompió la cadera y este viernes que fui a visitarla me la encontré en silla de ruedas. Estaba más apagada. Ella necesita moverse. Cuando yo llegó a las 18:30, la residencia prepara algunas exhibiciones en la sala polivalente. Ayer, vinieron unas mujeres a bailar flamenco y todo el mundo estaba maravillado. Yo, como de costumbre, fui ahí a buscarla y no estaba. Me recorrí la primera planta y me la encontré en la sala “naranja” viendo una película de vaqueros. “Peeero Isa, que haces aquí, si están haciendo unos bailes muy chulos” y me dijo: “Vaya, sin piernas, yo me quedo donde me dejen”. Pedí permiso para moverla y la llevé corriendo a ver los bailes flamencos.


El día de ayer fue tan especial por que mientras estaba ahí con ella, apareció alguien que vino a visitarla. ¿¡Quien, quien!? Tienes intriga, ¡eh! Se presentó diciendo: Soy su alumna. Lola, encantada. Mis cables se torcieron, ¿¡cómo que alumna!? Entre actuación y actuación comenzamos a hablar. Me comentó que Isa, no había tenido familia nunca, no se casó y por lo tanto no tuvo hijos. Sus padres fallecieron hace tiempo y un hermano, que tenía, igual. Ella, que asistió a las clases de latín de Isabel, sintió que su papel debía ser ayudarla y darle el apoyo familiar que quizás jamás había sentido. Lo entendía como un modo de recompensar todo lo que había aprendido de ella, de latín, si, pero más de la vida. Según ella, era una de las personas más íntegras y puras que habían aparecido en su vida. Cómo estaba en buenas manos, dejé a Isa con Lola y me puse a saludar al resto de ancianitos que fui conociendo desde que comencé el voluntariado. ¡Vi que en la primera línea de la sala polivalente estaba sentada Carmen! La reconocí por su pelo, corto y canoso, si, como el de los 50 asistentes de la sala, pero mis ojos siempre la identifican fácilmente.


Carmen


Carmen es increíble. Es de mis personas favoritas en la residencia. Lo que más me gusta de ella es su inocencia. Desde la primera semana me ha dado todas esas historias que quizás que echaba de menso de Isa. Un viernes llegó a contarme que cuando era pequeña, sus padres tenían unas tierras en el campo y que durante toda su infancia se crio rodeada de animales de selva. Me dijo que tenían un león con el que le encantaba jugar. Según ella, cuando sus hermanos no le hacían caso, se iba con el león y tan feliz. Tenía millones de anécdotas con ese animal.


Normalmente a ella la veo siempre la última media hora, cuando Isa se sube a su habitación. A las 8:30 hay que estar en el comedor para la cena así que al final siempre acabó llevando yo a Carmen. La entrada a ese comedor es siempre un circo, porque como la mitad de los ancianos está en silla de ruedas, se monta un atasco mayor que el de A6. En esas situaciones, me suele entrar la risa. Es gracioso ver como se monta una especie de tetris de sillas mientras las auxiliares del centro intentan poner orden. Una vez que se calma todo, entramos Carmen y yo al comedor.


Me dice: ¡ahí, es! Le preguntó: “¿ahí están tus amigas?” Y me dice: “que va, ahí es donde me sientan ellos. Cada uno tenemos un sitio asignado”. “Me parece mal” – le digo, “que aburrido”. Recuerdo como un día, justo antes de irme a casa y despedirme de ella en el comedor, me dijo que no le gustaba la comida que le estaban sirviendo, que esa noche no iba a cenar. “Vaya colores más raros, ponen” – dijo. Siempre lo dice todo con mucha gracia. Yo intenté hacerle entrar en razón durante 5 minutos sobre la importancia de comer cuando de repente las dos mujeres con las que compartía mesa dijeron “oye tu, joven, ya está bien, ¿no?, que no le estas dejando comer, venga vete” Carmen sacó las garras y les dijo: “anda, anda, si sabéis que casi nunca como, que culpas le echáis a ella”. A mi todo me resultaba muy entretenido. Yo les contesté diciendo: “hombre, no se enfaden, ya me voy”. Y así, terminó un viernes de muchos.


En concreto el día de ayer tuvo un final muy diferente. Cuando terminaron las exhibiciones de flamenco, Carmen comenzó a contarme una de sus batallitas como de costumbre, esta vez, sobre su arte para bailar jotas. De repente, como en el caso de Isa, apareció un familiar. Este sí que era su hijo, me había hablado más de una vez de él. Un compi del voluntariado y yo le saludamos, y le empezamos a decir que Carmen era toda una caja de sorpresas, que siempre tenía unas historias muy chulas. Él sorprendido, dijo: ah, ¿sí? Y yo: ¡claro, ya me ha contado lo del león de su infancia! Aun más sorprendido, dijo, ¿qué león? Si todo lo que cuenta son mentiras, no ves que está perdiendo la cabeza. Si, de esa forma tan frívola, concluyó. No me pareció que estuviera bien hablar así y menos delante de ella. Así que dije para calmar el ambiente: bueno independientemente de si es verdad o no, ¡que increíble su capacidad inventiva!, ¡Eres una pasada Carmen! Su hijo se despidió brevemente y se fue con ella del salón.


Antes de pasar a la siguiente abuelita, quiero destacar un pequeño percance que tuve durante las exhibiciones de flamenco. Al principio me lo pasé muy bien, comencé a preguntar de forma traviesa a los mayores: luego salías tu a bailar, ¿no?  todos se morían de risa. Hasta incluso recuerdo hacer muy buenas migas con una mujer, que tiró todas las actuaciones hablándome de las ganas que tenía de comer churros con chocolate, porque según ella, hoy se iba todos en autobús a la Plaza Mayor. ¡Qué guay! – dije. En fin, que me voy por las ramas, la cuestión, es que una vez terminaron todas las exhibiciones empezamos a aplaudir con mucho ánimo. Yo, súper contenta de lo bien que bailaron, grité: ¡Olé! e hice el típico sonido silbando de “Fiu Fiu”. ¿Te lo imaginas no? Una mujer que tenía al lado – no la de los churros, me echó la bronca y me dijo que qué poco respeto tenía. “Se han esforzado, no tienes porque ser tan mala con ellas” – decía muy alterada. Yo, asombrada y sin entender muy bien a la mujer dije: “pero si fiu fiu es una muestra de agradecimiento, si estoy diciendo que han bailado genial” Y ella continuó diciendo: “pues no lo parece, ese sonido se hace para mostrar desacuerdo” y yo, como por continuar la conversación de besugos, dije: “no, tu te refieres al sonido de “buu”, que ese si que se hace para indicar que no te gusta algo” Ella, repitiendo el sonido para su interior y dándose cuenta de que se había colado, terminó el debate diciendo: ¡bueno, buu y fiu fiu suena muy parecido! Y se fue.


Mari Cruz

Nada más salir de la exhibición de flamenco me encontré a Mari cruz. Ella también es otra de esas personas que no se calla. Muy parecida a Carmen, pero más astuta. Se la ve que todavía está completamente en su sano juicio, siempre al tanto de todo. Si no le cortas, puedes estar con ella 1 hora y no termina. Siempre va muy bien vestida y maquillada, con todas sus joyas por encima. Me encanta que siempre menciona a Dios. En todas sus historias aparece “y gracias a Dios hice esto o lo otro…”. Es de Filipinas y una de sus anécdotas más increíbles fue cuando vino a trabajar de azafata a una aerolínea española, sintiendo el apoyo del Señor en la toma de esa decisión. Ojalá un día te contara esa historia, te quedas de cuadros seguro.


Le presenté a mi amigo, Mari Cruz, y los tres nos pusimos a hablar sobre la vida en la residencia. Ella decía que en general estaba contenta pero que con respecto a la comida no se esmeraban mucho. Se unió a la conversación Charo, una mujer que estaba sentada cerca nuestro. Ella añadió: “¡uy a mi lo que menos me gusta es que me pierdan la ropa!”. Le pregunté: “¿así?, ¿cómo es eso?” Mari cruz respondió diciendo: aquí todas las prendas que tenemos tienen que ir selladas con nuestro nombre para que no se pierdan a la hora de llevarlas a lavar. Charo tiene la mitad de su ropa sin sello, porque cuando la compra no avisa y luego claro, si la llevan a lavar, no saben a quién pertenece. Yo le dije así de broma: “¡hombre Charo, pues declara tu ropa hija mía!”. Seguimos con nuestra charla. Charo continúo diciendo que aún así, le asombraba mucho que la residencia diariamente cambiara las toallas. Que cada mañana, estaban nuevas. Mari cruz, riéndose dijo: “si claro, pero todas secan menos que una mopa de esparto”. Después, añadió algo que me pareció muy gracioso. Según Mari Cruz, la clave estaba en ofrecer ayuda por la mañana a las auxiliares cuando éstas colocaban todas las toallas, de modo que tu podías escoger la toalla más suave. “Es mi estrategia” – decía riéndose.


Charo

Mientras, Mari cruz se quedó hablando con mi amigo, me puse a charlar con Charo. Lo primero de todo, me preguntó como me llamaba. Luego yo le dije, tu Charo, ¿verdad? y me dijo, bueno Rosario, pero me llaman Charo siempre. Me reí diciéndole que, por que, que, si esos nombres estaban relacionados, que no lo sabía. Por lo visto, me dijo que sí, pero que ella prefería mucho más Charo, que siempre se ha sentido identificada con ese nombre y con el otro no. Me contó que había llegado a perder a lo largo de su vida, más de 4 vuelos por no estar familiarizada con su nombre. Ante cualquier aviso por megafonía, ella no se sentía aludida. Si habían adelantado la hora de embarque por algún motivo y notificaban por el altavoz “Rosario acuda a la puerta de embarque…” ella ni se enteraba. Jajaja, que historias.


Se notaba que le gustaba estar de cháchara así que continuó hablando de su vida. Me dijo que ayer viernes, era el tercer mes que llevaba en la residencia, que antes estaba en otra similar en Madrid centro y que le gustaba más, pero era más cara. Continuó diciendo: “desde que me pasó una desgracia, tengo que mirar mucho la peseta, hija”. Yo me quedé un poco extrañada, pero tampoco me atrevía a preguntar más. Charo, sin embargo, quiso seguir hablando de ese tema. Se pausó por unos segundos y dijo, “¿sabes qué fue lo de las preferentes?”, mi hija me metió ahí dinero y perdí una casa que tenía en El Retiro. Yo le pregunté: “pero y no llevaste el caso a juicio, seguro que podrías haberla recuperado”. No, porque para eso tenía que denunciar a mi hija y no te atreví – respondió. “Ahora me toca estar así, más pendiente de la cartera. Todos los meses tenemos una actividad al aire libre. La de este diciembre fue ir a comer churros a la plaza mayor y no fui porque valía 5 euros” – añadió. Me quedé un poco pensativa, me chocó que, después de una vida probablemente de lujos no pudiera pagarse algo así. Otro impacto fue darme cuenta de que, aunque aparentemente estaba muy bien la mujer de salón de actos, que me habló de los churros, estaba claro que tenía un problema mental porque según ella ese plan era hoy y efectivamente ocurrió hace una semana. Son detalles que te quejan un poco vacío.


A pesar de esto, me encanta que Charo siempre trasmita una alegría infinita. Al final en una residencia de ancianos, hay muchas caras largas y que una mujer irradie esa luz se nota con diferencia. ¡Qué ganas de verte la semana que viene Charo!


En fin, ayer el día terminó muy bien, cuando ya se acercaban las 20:30, me volví a encontrar con Lola e Isa, que estaban yendo al comedor. Justo en ese instante recordé que antes de llegar a la residencia, había comprado un ramo de flores y que lo había dejado en la recepción para dárselo a Isa al despedirme. Se lo dije a Lola en bajito y me propuso ir a buscarlo mientras ella llevaba a Isa al comedor. En cinco minutos volví y estaba Lola esperándome en la puerta, le dije que me daba un poco de vergüenza entrar ahí con un ramo enorme de flores amarillas, que iba a hacer un poco el show. Y me animó diciendo: ¡venga anda no seas boba, si estas personas lo que necesitan es ese mismo, un show! Así que me aventuré y busqué la mesa de Isa. Se lo entregamos y se emocionó mucho, le dije que bueno, que tampoco era mucho, un simple detalle para que estuviera contenta y terminó diciéndome una mítica frase suya: “A estas alturas del mapa, esto me es más que suficiente”


Eso es todo. Este reporte realmente es el equivalente a dos horas semanales. No me quiero imaginar cuantos más amigos haré y cuánto aprenderé de aquí a que terminé el programa.

I Sometimes Send Newsletters
This site was designed with the
.com
website builder. Create your website today.
Start Now